74- La razón última

Cada despertar se me está convirtiendo en un sobresalto del que apenas puedo sobreponerme. Hablar de corrupción suena ya a reiterativo y pelma; la palabra cansa porque ya no sabemos qué hacer con tanta porquería. Sorprende, eso sí, nuestra propia capacidad para aguantar tanta podredumbre. Cabe recordar que, de no haber sido por la crisis, la mayoría de estos canallas habrían continuado sus tejemanejes y sus trinques ¡Con una gracia y un salero! ¡Ole mi niño!

La basca está cabreada como no podría ser de otro modo. De repente todos sabemos a dónde han ido a parar nuestros dineros. Se nos ilumina la neurona y reconocemos la razón del porqué en recortes sanitarios, educativos, de servicios y de toda índole. Amanecemos y nos percatamos que la inocencia se nos ha evaporado, que no es cierto casi nada de lo que creíamos y que los cocos feos, digan lo que digan, sí existen, aunque durmamos con la luz encendida.

A mí, ya es que se me aparecen caras, rostros que pretendían ser iconos de seriedad, respetabilidad, honorabilidad u honestidad. Jetas que ahora nos provocan enfado porque advertimos que su ejemplaridad nunca existió, ni siquiera cuando nos los proponían como modelos, ¡vayan a hacer puñetas ellos y sus discursos para bobos!, joder, y pensar que había siempre gente aplaudiendo ¡Ay Dios!

Todo, absolutamente todo se nos antoja ahora una burla, mentira, falacia de gigantescas dimensiones. La verdad es que a muchos de ellos ya los percibíamos como idiotas pata negra. Pero lo que no sabíamos era que, tras sus maquillajes variopintos y singulares, fanfarrias, banderitas, banderines, cargos, trajes y corbatas, escondían algunas de esas cosas que reconocemos tan ilimitadas como el universo: en este caso la codicia o la avaricia, ambas sin fin. Imbéciles sí, claro, pero con ambición. Lo uno no quita lo otro.

La lista de imputados es bestial, ahí aparecen nombres de famosos, famosillos, ladrones de medio pelo o medio pelados, políticos, constructores, banqueros, amigos de lo ajeno con más cara que espalda y menos vergüenza que un loco. Gentuza que llevaba las riendas de esta sufrida patria nuestra que parece abocada, una y mil veces, a repetir lo peor de su histórica picaresca. Y a todas estas… pues a todas estas una justicia letárgica, que actúa tan tarde y a destiempo que simplemente no es justa.

Ojito queridos, el sistema se nos desmorona a ojos vista, y no parece que seamos capaces de reaccionar con cordura.

Aparecen ahora unas nuevas propuestas que abogan por acabar de romper las cañas que nos quedan en pie para empezar no sé qué historias. Me dan miedo porque no explican cómo harán lo que dicen querer hacer, y añado que lo que proponen tampoco me gusta un pelo ¡vaya plan! La verdad es que vivimos un final de época del que tanto puede surgir un Renacimiento -eso piensan los optimistas entre los que no me cuento- como una nueva inmersión medieval. Acongojadito estoy, oyes.

En numerosas ocasiones, al principio de la crisis económica, allá por el 2008, se habló mucho de una pérdida de ética o moral. Un abandono de valores que vendría a ser la condición previa al desastre económico, político y social. Yo mismo repetí en numerosas ocasiones esa idea que continúa vigente y circulante a día de hoy. Hasta algún sermón vertebré con esa idea.

Pero he dicho que la inocencia se nos ha evaporado, y tal vez por eso, deseo añadir algo que ya apunté en algún otro escrito de este mismo blog. La crisis de valores tampoco es causa, sino consecuencia de una pérdida anterior ¡Al loro, queridos! Efectivamente cabe preguntarse qué conduce a la pérdida, a la desaparición de una recta ética o moral. La respuesta es simple para quien quiera entenderla: los valores se pierden cuando desaparece el concepto sacro; ahí es nada, resulta que estoy exponiendo que sin Dios nada se aguanta. No, hombre, tú piensa lo que quieras que esto no es dogma.

Venga, no se me enfaden mis amigos ateos que intentaré explicarme lo mejor que sé. Si es que a la que mentas algo relacionado con Dios o con la Iglesia se ponen muy malitos. Pobrecitos.

Admitamos como cuestiones indiscutibles dos realidades; la primera hace referencia a la secularización social, no creo que en eso haya demasiada discrepancia, nuestra sociedad es menos religiosa que la de nuestros padres y eso es constatable de forma inequívoca; la segunda, resultado de esta primera, sería la relativización de todo. Según esa relativización, ni bien ni mal serían absolutos, sino relativos. No creas querido, la cosa tiene su miga. Si me dejas te la explico pero prométeme que no te pondrás de los nervios. Es que me sabe mal por ti.

Una sociedad abierta al trascendente admite como absolutas dos realidades: la existencia de Dios y la de su contrario, o sea, la existencia del Diablo.

Digo que ambas realidades son conceptualmente absolutas puesto que en su dirección aparecen como insuperables: ningún bien será mayor a la realidad Divina; ningún mal superará la concepción satánica.

De esos dos conceptos (realidades para el creyente) se desprenden inmediatamente otros dos igualmente insuperables: a Dios le corresponde la realidad del Cielo, y a Satanás la del Infierno. Ningún bien podrá superar la experiencia celestial; ningún mal podrá sobrepasar la infernal vivencia. ¿Me sigues? Continuemos pues.

Abundando aún en el tema, Cielo e Infierno aparecen indisolublemente ligados a la concepción de Premio y Castigo; y todavía más: éstos a su vez, aparecen como el resultado de obrar el Bien o el Mal; pero ojo, ni bien ni mal relativos, sino Bien Absoluto y Mal absoluto igualmente.

Ahora viene la retahíla: el Bien se asocia a premio, el premio a Cielo y el Cielo a Dios. Por el contrario, el Mal se asocia a castigo, el castigo a Infierno y el Infierno al Diablo. Nada es relativo, aunque con ello deba contradecir a Einstein… ¡que mira que ya es contradecir! Será que la cena de ayer me cayó mal y ando con la causticidad subidilla jeje.

Ya, ya sé que este temilla supone una gran pregunta, incluso, si quieres, LA gran pregunta: ¿es posible una ética o una moral laica? Ay, cuidado con lo que respondemos. Claro, pensarás que en teoría sí, de hecho la Declaración Universal de los Derechos Humanos sería un botón de muestra, y sin embargo…

Verás querido, la pura contemplación de lo que me envuelve: las miasmas de la crisis, la descomposición de nuestro modelo social, la podredumbre de nuestro sistema, etc. etc., me hacen sospechar que la causa real de todo este desaguisado no descansa solamente en una crisis de valores, sino en algo mucho más profundo. En realidad la causa primigenia sería una crisis de sacralidad.

Añado, para mayor cabreo de mis amigos ateos, que ni la ética ni la moral se alimentan por ellas mismas, ambas necesitan arraigar en un Bien Mayor (léase Dios).

Sé perfectamente lo que piensas, crees que el modelo de Mundo Sin Dios es frecuente en nuestros días y por tanto perfectamente posible. Discrepo, pero no te preocupes, seguramente, como he dicho, es a causa de una mala digestión.

Admito que en nuestra historia reciente, en nuestra actualidad, existen países donde la religión (sea la que sea) es denostada o inexistente como fenómeno social. En la órbita comunista resulta clarísimo. Cabe preguntarse sin embargo qué es lo que pasa cuando esto sucede. Lo comento porque me da la sensación de que lo que en realidad sucede, es que, tras la desacralización de lo realmente Divino, sacralizamos lo auténticamente mundano.

¿Te apetece algún ejemplo? Pues allá van, tanto Hitler como Stalin consiguieron desterrar a Dios, pero al precio tremendo de substituirlo por la divinización de su sistema, ¿te gusta? En el cambio perdimos mucho y no ganamos nada. El resultado de esas laicidades que pregonaban la emancipación del hombre han supuesto el abocamiento de la persona a un profundo sentimiento de orfandad, chungo querido, muy chungo.

Por si no lo pillas añado que la aceptación de la relación creatura – Creador, permite sentimiento filial y por tanto vertebración de la idea de premio o castigo que apunté más arriba. El creyente estructurará su vida en base a la relación Paternal con Dios, y esa relación es el humus donde puede arraigar todo el tema de ética y moral.

Si por el contrario desterramos a Dios hasta el punto de hablar de su muerte, deberemos aceptar, como realidad cierta, el abandono del hombre; añado que un hombre abandonado a su suerte, sin valores ni religión, puede convertirse fácilmente en cualquier cosa y no tiene por qué ser buena precisamente. Coquito feo.

Vaya ya la despedida: si pretendemos reestructurar de verdad la sociedad en base a valores éticos y morales será necesario un nuevo arraigo en la realidad humana más profunda. En esa en la que sí existen valores por el simple hecho de que existen creencias. En la que se construye desde la antropología más fundamental que incluye necesariamente el hecho religioso, verdadera columna sobre la que descansa todo el edificio. ¿Seremos capaces de llevar a cabo esa reconstrucción? Veremos, desde luego lo deseo con toda el alma y… ya que estamos, le pido a Dios que nos ayude en esta empresa.

No oye, no te cortes, tú por si acaso pídeselo al gato de la zarpa moviente. Buen provecho queridos.

Por |2018-09-05T20:59:39+00:0011 noviembre, 2014|Dues paraules|