78- Catequesis de Campanario

Catequesis de Campanario

Evidente, querido. Empiezo a escribir este artículo a los pocos días de haber instalado en nuestro campanario todo un sistema de martillos eléctricos que golpean con renovado vigor las campanas. Claro, claro, también a mí me gusta más el sistema antiguo de cuerda y polea, de hecho me gusta tanto que hemos conservado lo que hemos podido, la mayor, llamada en nuestra iglesia Inmaculada Concepción, puede ser tocada de la forma tradicional, aunque, de forma automática suena, ella solita, a las horas programadas.

Para evitar quejas vecinales -prefiero no tentar la sutilidad del personal- hemos prescindido del toque de las horas, el automatismo, sin embargo, nos ha permitido recuperar el tradicional toque del Ángelus… ¿Sabes qué es eso? Puffff, andamos finos, ¿verdad?

No hombre, no somos los únicos, de hecho también la iglesia parroquial de Porreres tiene ese toque que la gente mayor denomina tradicionalmente como el de las “Avemarías”. Bueno, sinceramente no sé si debo decir que lo denominan o mejor denominaban. A eso voy. Venga maestro, a ver quién se cabrea hoy con el articulillo jejjjjj. Se nos está yendo el sentido del humor al carajo y ponemos cara de pepinillos en vinagre cada vez con más facilidad, ¡si yo te contara la de paisanos que echan humo por las orejas con los articulillos! jajjjjj, es que me crujo. Naturalmente que me importa un pimiento, no escribo ni soy sacerdote para gustar ni contentar a nadie, escribo y soy sacerdote para anunciar el Evangelio y denunciar las incongruencias de los incoherentes o las perversidades de los malos, haberlos haylos de ambos.

Venga, a lo que íbamos; si es que a mí, como a mi amigo Rafael Duran, se me calienta la boca y no hay quien me ponga freno. Eso sí, a diferencia de él yo me lo paso pipa y me río hasta de mi sombra, gorda y expandida por cierto. Expansión galáctica, casi nada querido.

Has engordado, me dicen los necios, mentís bellacos, respondo yo, en todo caso estoy engordando. No es tarea que dé aún por concluida. Pues eso majetes.

Comentaba que hasta hace unos años los mayores sabían, conocían y rezaban durante el toque del Ángelus. La vida se detenía apenas unos minutos y cesada toda actividad. A las doce en punto del mediodía se iniciaba la oración cuyas primeras palabras son: Angelus Domini nuntiavit Mariæ Efectivamente, es un rezo dedicado a la Virgen María y recuerda la Anunciación, y la Encarnación… ya, que tampoco sabes lo que es eso. Ya te digo. Nada hombre, tú tranquilo que por eso he puesto musiquilla en las campanas. Efectivamente ya aprovecho para decirte que en gran parte somos nosotros, los curas, quienes lo hemos hecho fatal. Mucho explicarlo todo, mucho reírnos de las devociones, demasiada monición y todo bien mascaíto, que no quede lugar para el Misterio. Así nos va, rey mío. Nos hemos pasado siete pueblos descalificando la religiosidad de nuestras madres y abuelas y ahora resulta que lo sesudamente ofrecido a cambio de aquello harta, no gusta, repele y nos ha vaciado los templos. Olé ahí, cojonudo el tema, ¿oyes? Ahora, eso sí, todo de un moderno que te crujes. ¡No veas!

El rezo del Ángelus supone un momento oportuno para sacralizar el día. Efectivamente, con alguna oración al inicio, y algún otro momento de recogimiento antes de acostarnos, santificamos el tiempo recordándonos, y recordando a los demás, que toda nuestra vida trascurre en Dios, que de Él venimos, que en Él hallamos nuestra plenitud, y que hacia Él tendemos en ansia eterna de Su Reino.

En las ciudades el toque de campanas fue enmudeciendo con la peregrina excusa de no molestar. Tanto empeño pusimos en no incomodar, que los templos “modernos” de los años setenta ni siquiera tenían ya campanario ¿para qué? Un buen Franciscano, el padre Jorge Llompart, tuvo la paciencia de explicarme que esa ausencia mostraba clarísimamente el fenómeno de la secularización. Entrando en detalle me comentó que las iglesias de los pueblos y las del casco antiguo, que sí tienen campanario, aparecen visibles y sin complejos. Tan visibles que suponen, en el paisaje, una presencia axial, un eje en torno al cual giraba la vida de los pueblos o las barriadas a los que también se llamaba simplemente “parroquias” por simple identidad fundamental.

Desde la distancia, y sin problemas, podías saber la ubicación del, o de los templos. Los pueblos y el casco antiguo de Palma dibujan su horizonte en base a campanarios, es una herencia secular que llegó casi hasta nuestros días. Posteriormente, ya ves tú, llegó la secularización, la ciudad creció con nuevas barriadas de extrarradio y nos entró la filoxera de edificar iglesias que no parecieran tales; qué cosas ¿verdad? garajes o salas de fiesta reconvertidas se ofertaron como lugares de misa y poco más. No querido, no digo lugares de plegaria ni espiritualidad porque conozco muy bien dos de esas parroquias, La Encarnación y La Resurrección, te aseguro que la plegaria en ellas resulta, si no imposible, sí harto difícil. No están pensadas para la contemplación de lo Divino, sino para una realidad y exposición únicamente humana. En esos adefesios eclesiales el Misterio desaparece y en su lugar no queda absolutamente nada, ¡viva la modernidad! La cosa, como digo, radicaba en no molestar. ¡Manda huevos lo respetuositos que éramos… y somos todavía!

La inversión intencional aparece clara, los campanarios antiguos destacan y se exhiben con orgullo, es la Iglesia con su historia que es la de nuestra cultura, la propia de nuestra civilización. Las construcciones eclesiásticas de los años setenta ocultaban su presencia en la amalgama de edificios circundantes, y esto en tal modo que casi ningún signo externo delataba su función. En exacta correspondencia a esa ocultación de lo Católico, promovida y jaleada en nuestra diócesis por el larguísimo pontificado del obispo Teodoro Úbeda (y adláteres aún vivientes) también los cristianos empezamos a ocultar nuestra fe en la vida social del momento. Cierto, a qué desmentirlo, veníamos de una Iglesia en exceso connivente con la política de las últimas décadas, pero reconozcamos, caramba, que el repliegue fue excesivo, pacato, y para nada testimonial.

Para aclararnos: Una iglesia que no parece iglesia no da testimonio de nada; un sacerdote que no parece sacerdote tampoco; una misa que no parezca una misa es el colmo de la sinrazón… Ya hombre, te veo, ya sé que el hábito no hace al monje, pero caramba, reconozcamos que en parte sí lo hace. Que puñetas, digamos alto y claro que el Dalai Lama en pantalón vaquero y camisa de camionero pierde mucho, pero que mucho; si encima, para ser más moderno no junta las manitas para saludar, y aparece con una caña de cerveza en una marisquería hablando a voz en grito, ya ni te cuento.

En definitiva, reconozcamos sin ambages que aquellos años, los setenta y siguientes, fueron de una gran efervescencia y muy poco contenido; ¿había gente en los templos? Claro que sí queridos, muchísima, eran los feligreses heredados de la generación anterior que, actualmente octogenarios o nonagenarios conforman aún buena parte de nuestra grey, ¿había jóvenes? Pues también y en cantidad. Sin embargo la pregunta que debe formularse es otra ¿Se generaron nuevos cristianos en aquella época? Vale querido, a eso se responde yendo a misa y viendo la edad de la concurrencia actual. Balance negativo, no hijo, no sólo no se generaron nuevos cristianos sino que además perdimos gran parte de los que teníamos. En algún momento deberemos reconocer que los que no vienen a misa no son solo los jóvenes, no tío, los que mayoritariamente faltan son precisamente los mayores. Porreres tiene unos 4.500 habitantes y una media de edad altísima, dudo muchísimo que celebren la eucaristía un diez por ciento. ¿Todos mayores? Pues sí, casi todos. Pero es que puestos a echar cuentas la multitud que no viene no es la juventud. Los que se quedan en casa son los mayores en proporción alarmante. ¿Llamamos a eso desengaño, o simplemente hartazgo? Lo hemos hecho muy, muy mal.

Lo siento hermanos en el sacerdocio, sé que a todos nos pica y mucho, pero no puedo por menos que tener una mirada globalmente negativa de la labor pastoral de los años setenta hasta nuestros días. En Mallorca los curas fuimos tan del mundo que éste nos absorbió dejándonos como caracoles vacíos, los excesivos casos de pecado en el seno eclesial no hacen más que demostrar ese hecho. Hicimos muy bien de colegas, amiguetes y compañeros, sindicalistas u obreros. Actuamos pesimamente como sacerdotes y en la crítica me incluyo, yo también vengo de ahí.

Reconozco, y esa es otra, que la herencia que yo he recibido de los sacerdotes actualmente mayores, pero activísimos y jóvenes en los setenta, ha sido triste. Ellos recibieron templos llenos de manos de sus predecesores, yo de los míos sólo el polvo de los bancos. Permitid por tanto que en principio no aplauda determinadas líneas por muy simpáticas que resulten en apariencia. No las aplaudo porque no lo merecen en absoluto, añado que intento alejarme lo más posible de esos estilos; viendo los frutos no merece la pena ni una sola apuesta más a esas formas caducas y claramente fracasadas. Que no quepa ninguna duda: El Concilio Vaticano II fue una maravilla; lo que posteriormente llamamos el “Espíritu del Concilio” simplemente una grandísima cagada sólo creíble desde la gilipollez más absoluta.

Afortunadamente, y doy gracias a Dios por ello, la Iglesia permite diversidad de formas todas ellas dentro de la más estricta ortodoxia. Y eso es tan verdad que permite la convivencia de mi consagración en latín con otras formas más “modernas”. Venga, que no decaiga, tiempos de luces y sombras los ha habido siempre, lo cachondo es que durante décadas se me ha obligado a decir que las sombras en las que he vivido eran virtudes preciosas ¡Anda ya! no hijo, son sombras negrísimas y en Mallorca llevamos demasiado tiempo en tinieblas. Oscuridades aún mantenidas por algunos fósiles y que dan un miedito atroz. Por ahora no escampan. ¿Pasarán algún día? Esperemos, porque los feligreses envejecen y con esos sones a nadie atraemos ¡Que nos morimos, leche!

Volviendo al campanario, pues eso tíos, que a las doce suena el Ángelus y la melodía del Ave María de Lourdes sin ningún tipo de complejo. Mucha gente nos ha dado ya la enhorabuena por la iniciativa junto a algún imbécil que me amenaza con denunciarme porque la campana hace ladrar a los perros. A todos recuerdo que al escucharla cesen en su actividad, y si pueden, y… si quieren, claro, recen como sus abuelos a la Virgen. Por algo se empieza. El papa san Pio X nos recordó que María no sólo es el camino normal hacia Cristo. Ella es también el camino más fácil, más corto y más seguro hacia el Señor. ¡Vayamos pues! Lo último que enmudeció en los setenta fueron las campanas… tal vez sea buena idea empezar a desmoronar, con pequeños detalles, la sandez que tantos aplaudieron en pos de una modernidad que no nos ha llevado a ninguna parte. Dios lo quiera.

Permitid amigos que me despida con una nota aclaratoria: en el último artículo titulado “Hasta el año que viene” metí a tope la cuchara en el mundo de las cofradías. Hace pocos días me reuní los con los cofrades de San Felipe Neri de Porreres. Deseo reconocer su honestidad y su capacidad de encajar la crítica. Definitivamente las posturas inteligentes son aquellas que, tras la lógica discusión, nos acercan más como personas y como creyentes. Un saludo desde el afecto y la admiración que siento por todos y cada uno de ellos. La mejor persona, la más santa, se incomoda ante la reprobación, pero el inteligente jamás se cierra al diálogo. Gracias amigos por vuestras indicaciones, también por aceptar las mías. Todos somos débiles, con la piel delicada y fina. Cuando dialogamos descubrimos que los ogros no existen, y sí, en cambio, almas que buscan la armonía arraigadas en la buena voluntad. Gracias por ser como sois.

Por |2018-09-05T21:06:09+00:0012 agosto, 2015|Dues paraules|